En aquellos tiempos que casi todos quieren borrar de su memoria, pues se sienten avergonzados de sí mismos, allá por 2020, en los inicios de la era covidiana, tuvimos que emboscarnos. Tuvimos que emboscarnos porque nuestra alma era entonces aún demasiado frágil, demasiado extraña, como una flor que aguanta solitaria la ventisca entre riscos de alta montaña.
Tuvimos que emboscarnos porque hallábamos más paz entre las bestias que entre esos hombres y mujeres derrotados por el miedo, incapaces de pensar y de resistir la propaganda, que se dejaban sacrificar mansamente en el altar supersticioso de una falsa ciencia, muda y ciega. Su mera presencia, nos hería. Adoptamos una forma de vida exiliada, furtiva y clandestina, porque todos parecíamos estar soñando, inmersos en una pesadilla de la que no conseguíamos despertar.
Tuvimos que emboscarnos porque estábamos llenos de furia, demasiado alterados y confusos, y podíamos cometer cualquier disparate. Nos emboscamos por nuestro bien y por el vuestro. Podríamos, quién sabe, haber incendiado el Parlamento, ese circo de pulgas amaestradas que gobierna a los perros… ¿Y qué habríamos conseguido con ello? Un gesto heroico e inútil, para arrepentimiento de siglos.
Teníamos que meditar. Teníamos que retirarnos para hablar con los vivos y con los muertos. Así fue como tuvimos que emboscarnos.
Entramos a las cavernas donde habita el Espíritu de la Profundidad (que no es una IA) y le preguntamos:
—Si un Pueblo casi moribundo quisiera derrocar a las clases políticas dirigentes que han causado su mal, para expulsarlas del poder y del control sobre el Estado, ¿cómo podría hacerlo?
Y el Espíritu de la Profundidad, tras un largo silencio, nos habló así:
—Un pueblo casi moribundo sólo podrá enfrentarse al poder político de su tiempo si adquiere consciencia de sí mismo como pueblo, es decir, despierta de su sueño. Y luego, se arrepiente de haber estado soñando. Eso, en general. Mas del cómo hacerlo hoy en día, sólo te podrá hablar el Espíritu de los Tiempos. Búscalo y pregúntale, que yo de eso nada sé, pues habito fuera del tiempo. Por eso sólo podéis hablar conmigo cuando estáis presentes en el AHORA, es decir, SIEMPRE.
Así pues, buscamos al Espíritu de los Tiempos, que estaba por todas partes, en los periódicos, en los anuncios, en los bares, en las conversaciones, en los discursos, pero era reacio a hablar claro y darnos consejo, pues este espíritu juguetón y despiadado se divierte confundiendo a los hombres, y extraviándolos por senderos que no llevan a ninguna parte.
Hasta que una noche oscura, encarnado en un viento frío que soplaba desde la montaña, el Espíritu de los Tiempos nos habló así:
—Vosotros, los españoles, qué problemáticos sois. Tenéis la mejor tierra entre los siete mares, la mejor comida, un clima benigno, paisajes muy hermosos y adaptados a vuestras necesidades, un idioma universal, un entorno luminoso que predispone a la alegría y, aun así, no paráis de discutir entre vosotros, de quejaros por todo y sois incapaces de poneros de acuerdo, nunca estáis contentos… ¡No queréis ser lo que sois y vamos a tener que castigaros!
Nos atrevimos a insistirle, en medio de la ventisca:
—Sólo queremos saber qué tenemos que hacer para volver a ser un pueblo vivo en estos tiempos…
Y el Espíritu de los Tiempos nos contestó, rugiendo:
—¡Haced lo que tengáis que hacer, cretinos! ¿Queréis mereceros esta tierra? ¡Combatid a quienes os están oprimiendo! Morid, si es necesario, para derrocar a vuestros opresores. Dedicad vuestra vida a ello. Hacedlo por vuestros antepasados, los que ya han muerto. Hacedlo por los que aún no han nacido: así es como podéis uniros a la línea de los tiempos y recibir nuestra bendición. Mantened una determinación inquebrantable hasta erradicar a vuestros enemigos. Conquistad vuestra libertad. Haced TODO lo que sea necesario para conseguirlo. Y sabed que, por muy duro que sea, si no lo hacéis, caerán sobre vosotros todos los males del infierno, hasta que no quede nada, ni un ahora, ni un ayer, ni un mañana, ni el recuerdo, nada de vosotros.
Así nos habló el Espíritu de los Tiempos, mientras un viento frío nos azotaba la espalda, como si nos conminara a apresurarnos en el cumplimiento de nuestro deber.
Lo que nos dijo el Espíritu de los Tiempos nos llenó de inquietud, pues nos imponía una carga que se nos antojaba demasiado pesada, y no sabíamos cómo estar a la altura de nuestra misión. Temíamos perdernos en el camino, por lo que regresamos a las cavernas donde habita el Espíritu de la Profundidad, con los corazones rotos y nuestras almas desnudas y sedientas de su serena sabiduría.
—¿Cómo debemos actuar en el camino que nos ha indicado el Espíritu de los Tiempos? Tememos no ser capaces, tememos desviarnos de los objetivos, y fracasar…
—Haced lo que os corresponde: nada más se os exige. El resultado no depende de vosotros: vosotros sólo tenéis que hacer vuestra parte. Amad a la fuente y a la higuera, amad al río, al bosque y al desierto. Amad a vuestros hijos y a vuestros padres. Amad la tierra que habitáis y la lengua que habláis: usadlas bien, respetad el legado y transmitidlo. Sembrad, y cosecharéis. Que vuestra ira se convierta en justicia. No hagáis daño a los inocentes. Consagrad vuestra espada, controlad vuestra lengua. Poneos al servicio de un ideal superior a vosotros mismos. Actuad desde ahí. Ese es el camino justo. En verdad, ese es el camino justo.
Tras pronunciar esas palabras, el Espíritu de la Profundidad quedó en silencio.
Vagamos por los caminos, en ellos nos encontramos con nuestros hermanos, nuestros amigos. Nacieron lazos de afecto, creamos redes de ayuda mutua. Intercambiábamos productos, intercambiábamos ideas. Como un micelio nos extendimos, subterráneamente, por todas las comarcas.
En aquellos tiempos lejanos, cuando tuvimos que emboscarnos, nos habíamos ido como rebeldes, iracundos y desobedientes. Ahora que estamos de regreso, volvemos serenos y confiados, pues hemos incubado en nuestros pechos una potencia destituyente. Traemos buenas nuevas: sabemos cómo hacerlo. En todos estos años, nosotros hemos aprendido a bailar un baile nuevo.
Españoles abandonados, a todos los que os sentís impotentes contra el mal que os tiene rodeados: Venimos a enseñaros a bailar, pues el proceso destituyente es como una danza colectiva, donde cada cual tiene que ejecutar su paso, realizar su gesto y, al hacerlo en el orden y en el momento adecuados, se produce el movimiento del espíritu: Tú no puedes hacerlo, pero no puede hacerse sin ti.
Que empiece el baile. Juntos, los derrotaremos. ¡En pie, españoles! ¡Abajo el 78!
Comité Destituyente [CoDe]